Estaba ocupada con muchas cosas y tenía mucho que hacer, pero su alma y su mente meditaban profundamente sobre ciertas circunstancias. Quería descubrir qué pensaba Dios, cuál era la verdad.
Por lo tanto, guió sus pensamientos y los sometió al poder de la Palabra; las conclusiones resultantes la llevaron a descubrir un poquito más la perspectiva del inmenso corazón de Dios. Porque tenía un solo objetivo: agradar a su Salvador, el Dios Altísimo.
Me he puesto a pensar en mis caminos, y he orientado mis pasos hacia tus estatutos (Salmo 119:59 NVI).
El Salmo 119, era uno de sus pasajes favoritos, y pensó en sus muchos versículos que la guiaba en su propósito. Se sentía humilde ante la santidad del Señor.
¡Oh, Señor!, ¿por qué no consideramos lo que siente tu corazón?
Afligida en su interior pero, con amor desde lo más profundo de su ser, se postró ante Dios y con voz temblorosa elevó una oración a su Salvador:
Oh, Señor, dame entendimiento para aprender Tus mandamientos. ¡Sálvame, pues te pertenezco y escudriño Tus preceptos! En Tus preceptos medito, y pongo mis ojos en Tus sendas.
En Tus decretos hallo mi deleite, y jamás olvidaré Tu palabra. ¡quiero meditar en Tus decretos!
Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de Tu ley. Tus estatutos son mi deleite; son también mis consejeros. Todo el día medito en ella.
Aparto mis pies de toda mala senda para cumplir con Tu palabra. No me desvío de Tus juicios porque Tú mismo me instruyes.
¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras!¡Son más dulces que la miel a mi boca! De Tus preceptos adquiero entendimiento. ¡Cuánto amo yo Tu ley!
Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero. Señor, acepta la ofrenda que brota de mis labios; enséñame Tus juicios. Tus estatutos son mi herencia permanente; son el regocijo de mi corazón.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo; enséñame Tus decretos.
Considera mi aflicción, y líbrame...Que llegue mi clamor a tu presencia; dame entendimiento, Señor, conforme a Tu palabra.
Inclino mi corazón a cumplir Tus decretos para siempre y hasta el fin...
Como un niño en brazos de sus padres, se sentó bajo la protección de Sus alas. Que nada ni nadie le arrebate este precioso deseo de agradar a Dios.
Y se oyó una voz de los cielos que decía: —Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Mateo 3:17 Esa fue la declaración de Dios sobre Su Hijo, Jesús.
Como hijos de Dios que somos, y por esto damos gracias a Dios, debemos anhelar escuchar al menos:
¡Dichosa es Carmen (pon tu nombre), cuyo deleite está en la ley del Señor, que medita en Su ley buscando cómo agradar a Dios en todos sus caminos!
Este es mi precioso deseo - agradar a Dios. ¿Y el tuyo cual es?

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